22 de octubre de 2014

Tres, cuatro o dos metros

    Sí, así soñé un momento entre nosotros dos. Lo hice aunque te desconozco, aunque hayamos jamás concretado un intercambio de miradas, de palabras. Lo hice desde lejos, desde ese sitio donde los momentos y el tiempo no concuerdan, donde las horas son simples baldosas grises de peatonal. Lo hice, lo hice desde lo imposible, imaginándote en el mismo cuarto que yo. Ahí estabas, justo allí otras personas alrededor y vos a tres, cuatro o dos metros quizá de mi. No lo sé ¿pero qué más desear? Sólo a través de esa imagen puedo por fin observarte. A través de una emisión de origen desconocido, de un mero -pero precioso- plano abstracto (el atisbo por tocarte se vuelve pesadilla). Pude verte a tres, cuatro o dos metros. Tan lejos, así.

    En el sueño me ignorabas vigorosa y me exhibías gestos tristes, equívocos para mi alegría. Ahí, dentro tuyo, un ser jocoso, burlón, parecía habitar apoderado, extasiado de risas hacia mi. No podías ocultarlo. Pero me ignorabas (¿lo dije?) Te buscaba la mirada y sólo hallaba su infalible huir, su terrible realidad. Esos gestos. Nada se avanzaba, todo se mostraba, me cerraban ciertas cosas. Aquél (muy tuyo) esquive me susurraba que sabías quien era yo e incrustaba, no sin cierta celeridad, rencor e incoherencias hacia mi paciencia. Sin embargo, comprendía que querías tenerme entre tus labios, hacer de la soledad un simple recuerdo, una vieja foto monocromo que nunca más será. Pero me ignorabas. Me ignorabas. En cierto instante, incrustado entre tus muecas, entendí ante todo que sí, que lo nuestro podría estar bien, que podría ser genial. Pero me ignorabas. Se interponía, algo lo evitaba. Algo se ubicaba en medio de nosotros dos como paredón infranqueable. Comprendí que me querías.. comprendí, en mi mundo comprendí..

    El cuarto tenía balcón y vos ibas con dos, tres, o quien sabe cuantas, personas hacia él con frecuencia. Allí reías alegre, divertida. Tu jovialidad regalaba convincentes indicios de tu bienestar, tu felicidad. De tu afable dicha. Yo.. yo me sentía solo. A veces volvías menos sola que antes al interior y mientras te ubicabas entre los demás, por error quizá, me mirabas. Me mirabas. Una y otra vez me mirabas. El color de tus ojos no puede esclarecerse en mi memoria pero recuerdo que observar ahí mismo, a ese globo tuyo que tanto anhelaba yo que dirigiese su punto hacia mi, me ubicaba en cierto paisaje mítico en toda su integridad. Era perfecto, todo lo era. Todo se matizaba dichoso, menos aquello. Gestos. Inocentes coincidían nuestras pupilas e infalibles emergían tus muecas. El completo de las conclusiones me fallaban, derrumbaban hacia un negruzco vacío, hacia una tosca incoherencia. No todo estaba bien, no todo era como lo regalaba el balcón. Tu gesto, tu manera de esquivar, tu belleza, colores. No, no estaban bien (fascinás).

    Que fácil (y raro) es soñarlo. Que fácil se esfuma. Todo eso. Que fácil se arraiga al resto del día, a siempre para siempre. Todo tu yo hizo en mi último segundo con vida allí un maldito loop. Creó un bucle en un segundo que poco poseía de segundo. En uno donde tu observarme gritó algo que tus labios perpetuados no sentenciaban al fin. En uno que en todo su ser y su apariencia está tan erguido, crédulo, y termina resbalando. Resbala. Resbala y luego, más rápido que un "plop", erguido de nuevo está para resbalar otra vez y volver a erguirse. El ciclo no frena, jamás cede. Vos estás con él.

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