15 de febrero de 2016

Atardecer

Por -y para- la sublime cualidad.

 

   Qué bello atardecer. El sol, ya bajo, exhausto de resistir en la altura, languidece anaranjado mientras las nubes, pomposas y algodonosas, yacen ubicadas con cierto celo escondiéndole medio cuerpo, su mitad superior, y hacia los lados, coronándola, como una tiara, hermosa a aquella dorada melena resplandeciente. Ya creo que el mundo, o la mente, tienden a volverse incomprensibles y sólo desea uno entonces esclarecer el panorama. Las aves revuelan mansas y brillan una luz, un fulgor, que les desviste ante miradas ajenas el goce que su vuelo la naturaleza ha agraciado. Cielo y viento, viento y copa. Sopla el aire con su habitual indiferencia, con su roce de desmesurada decencia ¿Cuánto han de resonar, hermosas e inéditas en cada nuevo caso, las hojas de los árboles? Su canto y danza es acompañado por la hierba, vigorosa, fuerte e impasible, tan verde y solitaria pero siempre compañera. Qué bello atardecer. Los sonidos endulzan mis oídos; un piano se oye a lo lejos, una melodía de Liszt resuena. Todos somos partidarios de la belleza. Sólo hemos de aceptarla tal y como es; así como se muestra.

   A lo lejos sólo vastos prados se observan y más allá, sutiles y abruptas, debajo de las nubes, privan de mi vista al horizonte algunas colinas con el mismo manto que lo que las antecede. No muy lejos de mí, entre tantos árboles danzantes, postrado un Crespón se muestra siempre vestido de verano, o al menos eso suelo creer. Así como también suelo creer que la naturaleza nos pertenece a nosotros los seres vivos, pero no como una pertenencia egoísta sino como se pertenecen nuestro cerebro y nuestro cuerpo. Como uno solo, como una entidad única. Somos la naturaleza. Silban los gorriones mientras uno finaliza su paupérrimo nido (paupérrimo para un ser ambicioso) con una felicidad que contagia. Mi gato ya no caza, se contenta con la comida de casa. Observa ahora a los gorriones, como si sintiese que en un pasado ello significaba algo, pero se limita a descansar y ronronear sobre mi regazo. A estas alturas, correr detrás de algo es correr huyendo de otro algo.

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